Tórtel_ foto Carlos Galaxia
Apertura de puertas 22.30 h Concierto 23.00 h “Las tres tormentas”: una guía de escucha (por Miguel Álvarez-Fernández) 1.- (El rey podrido) Aún resuena aquí el Tórtel de otros discos del pasado, pero no se confíen (ni mucho menos se alarmen): en breve reinará una sonriente oscuridad, que poco a poco les irá acariciando hasta provocar cierta asfixia o congoja (los verdaderos puñetazos de “Las tres tormentas” no tienen nada que ver con el seco bombo que puntúa este ejercicio inicial, aunque encontremos aquí los primeros coches en llamas y algunas decepciones tempranas). 2.- (Capa oscura) De esta otra reminiscencia de los trabajos anteriores de Tórtel sólo quedarán, en las siguientes tormentas de este disco, algunos sintetizadores extraviados hace cuatro décadas y una voz que —como las estrellas al final de la primera temporada de True Detective— aún no sabemos si está, muy lentamente, venciendo, o más bien en retirada (“me estoy rindiendo / siempre”, parece cantarnos el mismo Beckett al final de este himno pagano que quiere ser una marcha de batalla). 3.- (Cerdo sorpresa) Hay que disfrutar, mucho, de esta canción: nada de lo que siga podrá sonar tanto a vida (aunque el final, inevitablemente, anticipe lo que está por venir en el resto del disco). 4.- (Adelante) No sabemos si alguien había aplicado antes reverberación a una nota de voz de WhatsApp, ni tampoco si ésta es la canción más triste de “Las tres tormentas”. Pero es imposible deshacerse de la eterna resonancia final, que ¿lo escucháis?, sigue ahí, como un cáncer contemporáneo. Adelante. 5.- (Poder absoluto) La mejor composición de todo el disco no es exactamente una canción (o no lo sabremos nunca), pero sí sintetiza lo más enigmático y atractivo de los años ochenta en apenas tres minutos. Heroína pop. 6.- (Las tres tormentas) ¿Es sólo un poco más de velocidad lo que le hace falta a esta música para aproximarse a la felicidad? Latinidad fraudulenta, frustrada, decepcionante... Un Caribe europeo y malogrado, eso es también lo mediterráneo: agridulce, desolado y muchas veces preocupante. Queda algo de energía, pero evidentemente no basta ni siquiera para emprender esa guerra sobre la que Tórtel nos canta con una pretendida alegría que, como siempre en este disco, se disuelve en una multiplicación de voces que se repiten como un ruego. 7.- (Vamos búho) El aparcamiento, esa meca de la generación X. Los intersticios instrumentales de esta perversa balada están tan cuidados como ese vacío que la protagoniza. Siempre a un paso de la alegría, la felicidad se resiste. La violencia viene del contraste (y lo más triste es que la canción —entre las más largas del disco, y acaso la mejor— podría, o incluso debería, continuar eternamente). 8.- (El fin de la historia) Un tortuoso desarrollo instrumental que, sin duda, se asemeja a una de las tres tormentas que dan título al disco. Lo atmosférico se declina aquí con aparato eléctrico, y descubrimos que ese espacio en blanco de la composición anterior era, en realidad, gris. 9.- (La idea del norte) Tras unas desorientadas voces infantiles reaparece ese perfil melódico que ya identificamos con Tórtel, esta vez de manera claramente repetitiva, como una plegaria o una invocación... resultante en una sección con bases electrónicas que aparejarían cierta dicha o alborozo si no fuese por lo que se canta sobre ellas. Las voces, nuevamente, se multiplican —y es que tienen, o más bien buscan, “algo que contar”—. Lo que traen estos estribillos en su reiteración no es desgana, pero tampoco es entusiasmo (quizás por eso la música de Tórtel tiene tanto que ver con la vida). La repetición, sólo afectada por ligerísimas variaciones, parece la única salvación (pero este término no nos convence del todo). 10.- (Contra el mal) Tórtel lanza la voz hacia el agudo como quien pone en vuelo un avión de papel. Ejercicios de metafísica —o de teodicea— planteados desde la fragilidad. “Fonética animal”, pero un animal suave y sincero, que apenas amenaza. Como ese remoto piano que clausura el disco justo antes de ser engullido por una plácida pero desasosegante atmósfera que, final y erróneamente, nos hemos acostumbrado a habitar.